Una historia del Chico flor

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Por Ioshio Hd, Escritor y colaborador de Radio UDG
Ilustración de Jahir Jiménez, Ingeniería Civil CUC

Le decíamos el Chico flor...

Tenía nombre, pero yo nunca conocí a nadie que lo llamara por su nombre. En realidad eso no era lo más extraño, lo extraño era su cabeza. Durante su infancia, del cuello para abajo tenía todo el aspecto de cualquiera de nosotros, pero en lugar de una cabeza tenía un botón de flor; y sólo hasta llegar a la adolescencia, ese botón comenzó a abrir hasta convertirse en una radiante y aromática flor con pétalos en lugar de cabellos. Al principio este hecho no le incomodaba para nada y entre nosotros no pasaba de ser un extraño pero cercano compañero de clases. Ya nunca lo molestábamos y cuando alguien trataba de sobrepasarse por su aspecto, el chico flor sabía defenderse solo. Pasó, como muchos, una etapa de malas bromas en la escuela, ya que era inevitable con tan semejante singularidad. Pero nada que no superara, demostrando una elaborada suspicacia ante la situación.

Pero lo que realmente le afectó en cierto momento, fue tratar de establecer una relación formal con una chica. Era obvio que acaparaba las miradas de muchas de ellas, pero no como el chico flor quisiera. Algunas chicas se sentían atraídas por el aroma que de entre sus pétalos emanaba y su belleza intrínseca, a otras les gustaba que fuera amable y muy limpio (esto último, me contó una vez, como resultado de conservar lo más fresco posible su cabeza para que no se fuera a deteriorar), pero ninguna chica se había atrevido a ser su pareja por considerarle más un fenómeno que un buen partido.

En cierta ocasión, el chico flor le preguntó a la chica que le interesaba, cuál era su mayor problema al salir con él. A lo que la chica le respondió:

-No es que veamos algo malo en ti, chico flor, pero en realidad ninguna mujer quiere tener algo que ver con alguien que, a final de cuentas, es mitad hombre y mitad vegetal.
-Pero a las mujeres les gustan las flores, ¿no es verdad? -dijo el chico flor.

-Sí, pero las flores que nos regalan los hombres se marchitan a los tres días. Se acaban. Y entonces nos tienen que regalar más para que el amor que sentimos por ellos no se marchite igual que esas flores.

Entonces el chico flor se quedó callado un momento pensando en lo que le había dicho. A los días, en la puerta de la casa de la chica, amaneció un bulto de diez cadáveres envueltos hasta la cabeza y amarrados a manera de un ramo entre los cuales se encontraba una nota que decía:

"Querida, te regalo este ramo de hombres que yo mismo he preparado para que seas feliz con ellos hasta que se pudran"

Luego de eso, ya nadie supo nada del Chico flor; y en la escuela todo el hecho se comentó por algún tiempo de forma recurrente hasta quedar sepultada en el boca a boca y pasar al repertorio de leyendas de la institución.


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