Hoy volví a escribir

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Por J. Lykaios
Fotografía: Sr. Grotezco


Mutilado. Sr. Grotezco
Mutilado. Sr. Grotezco

Hoy, después de mucho tiempo, volví a escribir.
Hace tan solo un par de meses, parecía yo una imprenta pensante y mi cabeza rebozaba de ideas. Cada mañana, a cada hora del día, mi mente traía oleadas de historias, mundos extraños, parajes de infinita belleza e infiernos de un lamento sin precedentes inundaban cada una de aquellas oleadas que las vastas aguas del pensamiento me traían.
Pero todo cambió cuando te conocí. Entraste y con el somnífero que exhalas en tu aliento, adormeciste la rebosante vida dentro de mi cabeza, santificaste los demonios y condenaste a los dioses, trastornaste cada razonamiento que se daba por sentado y te apoderaste de la (ahora apacible) realidad que habitaba en mi cabeza. Ya no miraba al cielo brillar y los colores de la naturaleza chillaban con furia al ya no interesarme por ellos cuando mi pensamiento meditaba en búsqueda de pensamientos elevados y hermosos, puesto que ahora me bastaba con volcarme a ese nuevo mundo interior que me habitaba, para resolverme en la conclusión de que eras tú el perfecto referente de belleza al que había estado buscando incesantemente. Aniquilaste con furia la flora y fauna endémica de mi alma y te instalaste con toda confianza, sabiéndote poseedora de un nuevo imperio.
Y un día te fuiste y ese mismo día dejé de escribir, mis letras se detuvieron o quizá se fueron corriendo tras de ti; esto no me extrañaría para ser sincero, pues desde el momento en que te conocí, te volviste el objetivo de cada una de ellas.
Ahora cada mañana cuando los rayos del sol se abrían paso poderosamente por entre los fríos vestigios de la noche y la llevaban hasta su aniquilamiento, todo seguía siendo igual. Abría los ojos, respiraba y me arrojaba a la existencia, salía de casa y nuevamente las olas de mundos extraños y criaturas nunca antes vistas acudían a nuestro encuentro matutino, nos volvíamos a encontrar y con familiaridad nos saludábamos. Pero estas no eran mis criaturas ni mis mundos, no era para nada lo que en mi cabeza había nacido. Estas falsas y retorcidas imágenes de lo que anteriormente para mi habían sido verdad, ahora se encontraban impregnadas de tus miradas y tu aroma, las aberraciones abrían sus extrañas bocas y resonaba en ellas tu risa y el sol eran tus ojos que fijos se posaban sobre mí a donde quiera que iba. Te habías ido, pero nunca devolviste lo que te llevaste, te largaste y me dejaste con esta insana realidad que se alimentaba de mis entrañas y me privaba de toda inspiración.
Y aunque las ansias quemaran mis manos y hubiese escrito con sangre si no hubiese alguna otra alternativa, dejé de escribir, quería hacer que te fueras y tenía miedo de verte reflejada en mis letras, la sola idea de que tomaras posesión de este último escape a mundos ultramarinos en los que tú no habías podido penetrar me resultaba aterradora y cruel. Y conforme los días pasaban, los mares fueron calmando sus aguas, murieron de cansancio al estrellarse contra las paredes de mi cráneo y no encontrar salida alguna. Vi esos mundos morir, cada una de aquellas criaturas extrañas vino a despedirse de mí en sueños hasta que llego la noche en que deje de soñar y todo se transformó en oscuridad.
Pero este amanecer fue diferente. Después de agonizar en cada nuevo despertar al sentirme hueco, me armé de valor y miré nuevamente para mis adentros. Las verdes planicies habían desaparecido y los mares furiosos no eran más que bastos desiertos secos, con fuertes corrientes de viento que se llevaban todo. Anduve horas enteras por aquellos arenales muertos, no había quedado nada, me resultaba un espectáculo imposible de soportar. No habías golpeado solamente mi corazón, sino que con saña habías triturado secciones enteras de mi razón, desquebrajado partes de mi alma y te habías llevado todo cuanto habías podido.
Y hoy volví a escribir, y como verás, mi miedo era bien fundamentado, al momento en que todas mis letras regresaron a mí, tu venías incluida como polizón entre algunas de ellas. Pero no te confundas, pues yo sabía que esto ocurría y es por eso que hoy te escribo desde lo más profundo de mis desiertos, para dejar que una ráfaga de sus ardientes vientos se lleve consigo esta última exclamación de tu nombre y que mis letras se confundan en los granos de arena y con ellos te pierdas en esta basta soledad. Hoy, volví a escribir, sí, pero con la esperanza de mañana no volverte a encontrar.


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