Piel sabor a mar

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Por Yoalli Arreola Rosas
Ilustración: Mae Delgado


Título desconocido. Mae Delgado
Título desconocido. Mae Delgado

—¿Y si te dijera que siempre te odié? —pensó Nicol mientras veía la espalda desnuda de Abel. —¿Y si me atreviera a romperte el corazón contándote la vez que me cogí a Carlos mientras estuviste en Guadalajara? —Las sábanas cubrían las caderas de Abel, inmóvil.
—¿Y si me fuera por la puerta en este instante y no volviera a verte nunca? —Los pies de Nicol agitaban el colchón.
—Nicol —la voz de Abel se escuchaba tersa.
—Abel —su piel se enchinó, sus pies se enfriaron… sus orejas se calentaron.
—¿Por qué? —Abel no volteó.
—Por Esperanza… —sus manos temblaron.
—¿La chamaca? —Abel apretó el puño.
—Si… ella —empezó a lagrimear.

Las sábanas aún estaban húmedas, el reloj estaba congelado… la noche estaba calmada… Las piernas de Nicol estaban entumecidas. —¿Y si te dijera que siempre te odié? —volvió a pensar volteando al espejo del techo. Ahí estaba ella, completamente desnuda, sentada al lado de Abel, también desnudo y sudoroso, solo cubiertos por las sábanas blancas de ese motel.
Tomó un cigarro de la mesa de noche, pero no pudo encenderlo, Abel tenía el encendedor en su pantalón y él jamás se movería por ella.

—¿Fue idea de Carlos? —preguntó sin abrir mucho los labios.
—No, él si te quería.
—¿Y tú?
—¿Yo? —aun no sabía cómo llegó a ese motel, cómo pudo acostarse con él… Cómo pudo…
—Nicol… —el tono de Abel le recordaba a Nicol la primera vez que estuvieron juntos. Ella lo conoció en aquella marcha dedicada a los 43. No podía evitar sentirse atraída por un chico que predicaba la libertad con un aspecto de dios griego. Sus gritos de igualdad, justicia y amor eran como versos dedicados a ella. Sentía que podía embarcarse en aventuras a través de su piel.
—Abel, tu piel siempre fue salada.
—Es porque soy hombre —empezó un pequeño sollozo.
—No, Abel…

Nicol no pudo evitar seguir recordando. Las salidas a restaurantes finos, los antros de moda, los hoteles de lujo. —¿Acaso nunca me di cuenta? —seguía observándose desnuda, con el cigarro aun sin encender—. ¿Cómo nació Esperanza?, ¿acaso fue en aquella vez que decidí saltarme la clase de economía para poder revolcarme con él un rato más?, ¿o fue, acaso, la vez que perdí mi trabajo por andarle “compensando” a este pendejo la vez que salí con mis amigas?

—¿Entonces? —Abel apretó los puños.
—Tu piel también siempre fue húmeda.
—Solo cuando cogíamos.
—Cierto. Solo cuando cogíamos era que podía probar el mar.

—Entonces… —la habitación se volvió en silencio.
—Me cogí a Carlos cuando fuiste a Guadalajara, hace una semana —ambos apretaron los puños.
—Por eso llevé a Esperanza con su abuela.
—¿Acaso alguna vez sentí algo por mi “suegra”? —Nicol y su “suegra” solo se vieron dos veces, la primera fue cuando Abel se enfureció porque ella había ido a un evento para “feminazis” sin contarle nada y ella, abrumada por la culpa, decidió que quería hacer su relación más formal, y la segunda fue cuando nació Esperanza.
—La piel de Carlos no sabía a mar.
—¿A qué sabía?
—A música.
A Carlos lo conoció en ese evento para “feminazis”, era el cantante invitado. Un trovador que cantaba sobre amor en tiempos de guerra, él fue quien le dio la idea de formalizar las cosas con Abel. Nunca se dio cuenta cuándo Abel se contactó con él y se amistaron, tampoco cuándo Carlos se hizo el padrino de Esperanza; solo recuerda que hace una semana fue a verlo, buscando apoyo por la tragedia de su hija.
—¿Por qué?
—Porque él no violó a Esperanza.

Silencio.

Recuerda la estación de policías, el detective amigo de Abel, la secretaria rompiendo el reporte.
—¿Por eso es por lo que me mataste?
—Sí, por eso te maté.
De pronto, el blanco se convirtió en rojo, la noche en día, el silencio en portazos y la piel en mar.


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