Hijos malditos

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Por J. Lykaios
Ilustración: Naomi Quino


Meditación lunar. Naomi Quino
Meditación lunar. Naomi Quino

En nuestra sangre corre nuestros ancestros abrazar, y sin alguna objeción decidieron perpetuar a través de generaciones. ¿Fue por inocencia? ¿Fue por ignorancia? Las causalidades poco importan ahora, realmente nunca lo hicieron, nunca importaron puesto que ninguna excusa tiene el peso suficiente para desaparecer la culpa, ninguna excusa es capaz de disolver o siquiera remover de nuestra consciencia colectiva esa consciencia a la que llamamos historia, la culpa que ahora sobre nosotros se extiende como una sombra que nos persigue desde el amanecer de la carne y que no desaparece hasta la extinción de nuestras almas.

Hijos malditos, hijos bastardos, hijos del odio, sin culpa ni remordimiento, nos ensañamos en clavar las estacas de hierro frío en el vientre de nuestra madre para extraer un poco de su sangre; ignoramos sus lamentos y nos volvemos ciegos para no mirar sus lágrimas.

¡Oh, madre! No te imploro que nos perdones y no espero que nos entiendas, pues tú, en tu infinita bondad de madre, no dejas de procurarnos y darnos tu tierno cobijo y cultivas con ternura el maíz que hemos de llevarnos a la boca. Madre, es poco decir que el amor que en cada gesto nos procuras es un amor venido de un plano atemporal, al que nosotros como seres mortales y finitos, efímeros, no tenemos posibilidad de acceder.

Y no podemos apelar a una naturaleza preestablecida que nos arrastre hacia el mal, ya que hace miles de años abandonamos en el camino todo rastro de una naturaleza y nos volcamos de lleno en la senda de la elección, de la continua formación. Extendimos los brazos, por la izquierdatomamos las decisiones y por la derecha la responsabilidad que les corresponde a nuestras elecciones.

Y de esta forma comenzamos a andar hacia lo que ahora somos; siendo el centro de los reflectores del protagonismo, la atención se enfocó sobre nosotros, y nuestros primitivos ojos no pudieron con semejante placer. Nos volvimos seres enfermos de racionalidad, enfermos de saber y con un estado de responsabilidad terminal, y pretendimos transformarnos en aquel Dios al que nosotros mismos aniquilamos. Pretendimos no necesitar más de ti, dulcísima madre, y nos volvimos contra ti, te declaramos la guerra con descarado egoísmo y alimentamos este absurdo delirio de grandeza que cegaba nuestra vista. No podíamos ver la realidad de lo que acontecía, cerrábamos los ojos para no mirar lo que de nuestra mano derecha tirada en consecuencia a la masacre que con nuestra izquierda realizábamos, porque esa es la palabra para describir lo que de verdad realizábamos: una masacre. Pues tú jamás levantaste arma contra nosotros, aun cuando te orillamos al abismo, agonizante, herida en el corazón, llenos de odio por nosotros mismos que expresábamos aniquilando la fuente de donde proveníamos, masacrándonos por el derecho de apuñalarte, madre, mostrándonos los dientes para ganarnos el derecho de arrancar un trozo de tu carne.

Hoy tal vez sea muy tarde para darnos cuenta del mal que hemos causado a nuestra madre, quizás este fue nuestro más íntimo deseo, nuestra aniquilación. Hoy tal vez sea tiempo de darnos cuenta de nuestro error y mirar las cosas diferentes, pues parece que realmente sí existe una naturaleza humana, una condición sin la que nuestra especie no sería tal cual lo es ahora, pues esta es la piedra angular para el desarrollo de nuestro ser, nuestra alma o nuestra esencia, como quieran llamarlo. Hoy tal vez sea tiempo de mirar la realidad, envenenarnos con la evidencia y darnos cuenta de que nuestra naturaleza parte del signo de la muerte, del aniquilamiento. Somos la encarnación de un hambre voraz e insaciable que no conoce los límites.
Somos la muerte, la muerte está en nosotros. Y como la muerte somos, sentimos un odio tan natural y tan profundo por la vida, que ahora no podemos sentirlo, pero siempre está ahí.
Al odiar la vida por naturaleza, nosotros, los hijos malditos, odiamos al origen de toda vida, la tierra de donde provenimos, porque ella es la verdadera madre, la que en un acto de amor por la vida, permitió que la muerte le entregara sus hijos para cuidar de ellos. Odiamos a nuestra madre, pero por herencia de esta, nos negamos con absurdo temor a seguir nuestra naturaleza de muerte y procreamos para preservarnos para perpetuar este odio, esta muerte.

Hoy tal vez de nada sirva darnos cuenta de que somos los hijos malditos y que por nuestras venas corre esta maldición, este error.

Hoy nada cambiará si nos enteramos de que solo somos hijos malditos, condenados a vivir.


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