Nisado

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Texto e ilustración: Zyanya D. Peña


Sin título. Zyanya D. Peña
Sin título. Zyanya D. Peña

Viendo ahora el oleaje en la costa, hago memoria de la belleza con la que hablaba mi abuelo del mar, cómo de encontrarse tranquilo puede cambiar a brusco y salvaje para después apaciguarse nuevamente. Así es también la corriente de la vida, cambiante e impredecible aún si te dejas guiar por su fluidez. Entre sus creencias Oaxaqueñas, lo que más recuerdo y llamó mi atención de niño fueron sus historias del Guenda sti binni —espíritu humano— y su naturaleza. Narraba sobre el origen del hombre, propósito y término, de manera extraordinaria. Siempre fiel a su ideología, jamás se dejó ante la crítica social hacia sus raíces zapotecas. Según mi tito Gozobi, comprendió su significado a corta edad, cuando mi abuela Béelia enfermó de gravedad y quedó postrada.

—Su Guenda era como el mar: difícil, cambiante, alegre y llena de vida —así la describía cada vez que alguien preguntaba por ella.

Inmóvil e infeliz, la luz de Béelia se extinguió a los pocos meses de su tragedia, fue el primer infortunio en su vida. Como última petición pidió a su hermano menor llevar su posesión más valiosa al mar. Mi abuelo se dirigió inmediatamente a la costa cargando su amado huipil, lo envolvió en sus collares y lo arrojó a las profundidades. Por fin su deseo de ser parte del océano se hacía realidad. Para los zapotecas el deceso es solo la primera parte de trascendencia del espíritu humano, éste se hará uno con su naturaleza y tomará una nueva forma para pertenecer a otro mundo. Sin embargo, pocas veces pasan cosas extraordinarias que superan la realidad y ficción, cuando la esencia tiene poder sobre las leyes para cumplir su propia voluntad. En Istmo de Tehuantepec, el primer año del difunto se celebra en grande, con platillos, flores y un inmenso altar: el Xandu' Ya'a, festejo de todos los santos a términos de octubre. Mi abuelo, a pesar de ello, decidió eludir su dolor aquella fecha para irse a pescar, actividad que realizaba con Béelia.

Mientras lanzaba una y otra vez el cordón al mismo lugar, sintió un tirón que le obligaba a usar más su fuerza hasta sacar al adversario. Al principio no le encontró forma, eso era una combinación entre una especie rara de medusa y alga, pero su similitud al agua marina junto a las ondas que emergían de éste, lo puso en duda. Tomó una pequeña rama a su costado e intentó moverlo, atravesándolo. Ahora que le veía mejor, notó que su composición sí era líquida, cuando intentaba tomarle se escurría de sus manos. Extrañamente, no se consumía y mojaba la arena sin perderse en ella, mantenía esa forma esférica del tamaño de su palma.

Curioso, tomó rápido la cantimplora, tiró su contenido y colocó la criatura amorfa dentro. Ya capturada, su ocio lo llevó a picarla con los dedos para ver si reaccionaba o emitía algún tipo de sonido; pronto su diversión acabó al sentir que le agarraban uno de éstos. Asustado, resbaló y liberó el organismo una vez más en la arena. Éste comenzó a vibrar, inmediatamente brotaron dos pequeños brazos que se estiraron al cielo, seguidos de sus piernas. Balanceándose, ya que estaba de espaldas, pudo levantarse tras varios intentos; ahí sacó su diminuta cabeza ovalada de cuello largo, la cual adornaba a su alrededor con lo que parecía un collar de gotas combinada con unos aretes. Sus cabellos eran como el oleaje desde la raíz hasta su punta, su cuerpo de pera vestía un traje completo holgado, zapatitos y del lado derecho de su cabellera, una pequeña estrella. Todo hecho de agua, era una mujer chiquitita.

Mi abuelo jamás se había quedado tan afónico, gritó tanto que hasta las fragatas se fueron en parvadas todas despavoridas. La pigmea, por igual, repitió el acto, pero de sus labios no salió sonido, le fue más factible esconderse tras unas piedras. Al contemplar mejor a la minúscula fémina, ésta le trajo recuerdos acerca de leyendas que alguna vez escuchó de los sabios sobre el guendaladxido´ —sentimiento del alma—, cuando se negaba a partir por completo. Una emoción tan perseverante con un exorbitante anhelo del corazón, el cual mutaba en un insólito ser con finalidad propia. Ahora que lo pensaba, su amigo Niyohua contó sobre un caso emoción tanperseverante con un exorbitante anhelo del corazón, el cual mutaba en un insólito ser con finalidad propia. Ahora que lo pensaba, su amigo Niyohua contó sobre un caso similar ocurrido hace muchos años con su tía Xiadani, quien tuvo la desdicha de ser atormentada por una singular bestia antropomorfa; si bien no era peligrosa, su rara afición por el téjate casero lo volvía un riesgo para el negocio.

Justo un año antes, su esposo Yao había muerto, éste tenía fama gracias a su dependencia y adicción al mismo, así fue como el chamán no tardó en darse cuenta y le dio un final pacífico al guendaladxido´. No tenía sospecha alguna, definitivamente eso era. Conchas, caracoles e, incluso, perlas, abrieron un reducido negocio para la familia al poco tiempo. Mi abuelo deleitó al poblado con aretes, pulseras, collares y broches, siendo el primer varón en dedicarse a esta disciplina; fundó así uno de nuestros comercios actuales. El cordón delgado de caña improvisada se convirtió en su filamento creativo.

De la noche a la mañana, el niño que a veces proporcionaba uno o dos pescados para comer, ahora ponía el dinero sobre la mesa. Era de esperar la incertidumbre sobre aquel inminente cambio. No obstante, mi tito nunca rebeló nada hasta años después, en su vejez. La llamó Nisado´ baani, que en zapoteco significa Mar vivo. El amor que sentía por la pequeña lo había hecho renacer una vez más desde la primera ocasión. A pesar de la falta de voz y sonido alguno de Nisa, Gozobi lograba comunicarse con ella por medio de dibujos en la arena y señas, crearon un lenguaje que solo ambos entenderían. Su relación se basaba en juegos de natación, recolección y construcción de castillos en la playa. El corazón no se equivoca con el alma, según la ideología zapoteca, aseguraba así la posible naturaleza del guendaladxido´ de su hermana Béelia.

Solo ella le otorgaba tanta felicidad, agregaba los singulares gestos de la mujercita con los suyos. Los múltiples encuentros de noviembre cesaron a fin del mes, rompiéndole el corazón.
—El primer año fue difícil, siempre con la vista al horizonte, deseaba estirar mis brazos y abrirme vuelo para buscar a mi amada Nisado´banni. Me esforcé en sus enseñanzas, mejoré el negocio familiar a ver si eso la traía de vuelta —no importaba cuantas veces contara esta historia, sus palabras siempre transmitían una gran tristeza.

Y así lo hizo, volvió a finales de octubre, a inicios del Xandu' Ya'a, para retirarse por las mismas fechas. Año tras año, Nisado se reunía una vez más con mi tito Gozobi, repetían sus actividades y platicaban cuanto habían crecido desde entonces. Nadie asegura jamás haber visto nada insólito, ni pista de una tal mujercita por las corrientes marinas o la playa. La locura de mi querido abuelo ante la negación del deceso de Béelia era la explicación más lógica, pero bueno, nadie sabe que hay después de la vida o si uno puede volverse algo extraordinario. Lo que sí, es que un sentimiento tan hermoso es capaz de moldear caminos sorprendentes. Quién sabe, quizá alguien nos visita de diversas formas. Yo solo quiero creer que aquella bella fragata que juega con el oleaje a la distancia es algo más que una simple ave.


Sin título. Zyanya D. Peña
Sin título. Zyanya D. Peña


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