En lecturas nocturnas

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Por Fabricio Espinoza
Ilustración: Becky Zárate


Pensamientos aleatorios. Becky Zárate
Pensamientos aleatorios. Becky Zárate

Entre bostezos, mis ojos irritados por la inminente luz de mi computadora auxiliada por el esfuerzo imperioso de leer y comprender aquel tema impregnado en las digitales páginas. Me concentro para interpretar, fuerzo mi cuerpo para evitar bostezos, bebo sorbo tras sorbo de café en intervalos que apenas y los separan; todo esto, nolens volens a mi adicción. Me detengo, tomo una pequeña pausa para inspeccionar la hora, podría revisarla en el reloj digital que aparece en la pantalla de mi pc, sin embargo, lo ignoro y opto por tomar mi teléfono celular, no porque sea más preciso, ni más práctico, ni porque tenga mensajes en aplicaciones que mi pc no alberga, ni mucho menos por la estética del diseño de dicho reloj. Al tenerlo en mi mano, aprecio ese rostro cansado e impotente por la frustración nacida de una búsqueda con ausencia de indicios y abundante en guías muertos, con el dedo índice presiono la tecla que devuelve a la vida a esa maquinita, ingreso una combinación de números que protege de mis amigos los datos que tanto me esfuerzo en ocultar ¿Por qué ocultar eso, que “me hace”, eso que “es mío”, a las personas de mi alrededor, cuando comerciantes lejanos y austeros a mí los extraen con la técnica más discreta? Listo, ahí está la “hora”. De fondo una imagen tuya, de tu rostro junto al mío. La veo, la observo, minuciosamente examino la irregularidad de tu sonrisa en diagonal, dada la inclinación de tu cráneo posado sobre el mío. Ignoro el tiempo al permanecer con la mirada fija sobre esa fotografía. Bloqueo el celular, lo coloco de vuelta en su lugar; pienso, no recuerdo la hora, me reprocho el tener que repetir todo ese ritual, y aún más, me aflijo al pensar en tratar de evitar distraerme con tu sonrisa.
Y solo leía, en la noche. En cada maldita noche mi alrededor moría y a la par las letras nacían en mí.

Me repetía que la vida no valía la pena y terminaba por aceptar que no tenía el valor para suicidarme. Me consolaba diciéndome que quería hacer el cambio, que tenía la actitud y que realmente hacía algo para lograrlo; la verdad es que solo leía. Sí, leía. Un poco más a comparación de la mayoría de mis compañeros de clase, mis ánimos bajaban cuando terminaba de revisar algún artículo científico y antes de la bibliografía señalaban que en cierta universidad china o alemana, un grupo de estudiantes chinos o alemanes, en un laboratorio o en contribución entre varios laboratorios conseguían demostrar el funcionamiento de alguna hormona o explicaban el diseño de un nuevo y sofisticadamente costoso instrumento para la predicción de las rutas de los transmisores. Eso definitivamente bajaba mis ánimos cuando tenía un libro de Foucault a la mano.
Escribo, más en la noche que en la tarde; tomo asiento frente al escritorio y me esfuerzo por estructurar un escrito, recurro a pensar que finjo, miento descaradamente al pensar que hago algo, algo útil, evito demostrar que no realizo nada concreto. Me pierdo entre tanto pesimismo, no; sé que soy más realista que pesimista.


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