Los otros yo

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Por Mauricio Méndez H.
Ilustración: Grecia Manu Cisneros


Sin título. Grecia Manu Cisneros
Sin título. Grecia Manu Cisneros

¿Qué esperan de mí? ¿Que trasfigure en un dios patizambo para que puedan bañar mi rostro de escupitajos moralinos y descarguen sobre mí todos los rencores y la impotencia que han acumulado en su inmundo estar? ¿Qué sea yo el anodino cobijo de su mutilada existencia? Que no se les olvide que tan sólo soy uno más… También recorren por mis venas lo efluvios gástricos desoxirribonucleicos, las eternas horas invertidas en la determinación de las conexiones neuronales y las bestiales ansias de una copulación prolongada al infinito.

Los mundos posibles leibizianos pueden ser contados con una decena de dedos apócrifos; fueron registrados, ya desde siempre, por un puñado de intrascendentales elementos químicos. La puesta en escena del ridículo baile atómico de Epicuro es una simple farsa de la conciencia que anhela la bifurcación en múltiples senderos, puesto que es tan monocromática como la indiferencia misma. He sido todo y he sido todos… Si he fracasado es solamente porque todos han fracasado…

He sido los millones de misiles democráticos de la OTAN, el primo hermano ágrafo de T.S. Eliot, los referentes teóricos de las santísimas revoluciones comunistas y la ira del dios cristiano; he sido la conciencia intransigente de Sadam Hussein y los criminales grafemas del Corán; he sido el premio nobel de la estulticia, el ecuánime, pauperizado y manso palacio del Vaticano, las apestosas alcantarillas que albergan seres infrahumanos; he sido ellos mismos; he sido el concierto para violín en re menor de Bach, los diminutos camarones de la sopa Maruchan, el repugnante feminicida de Ecatepec y los perros atropellados en el periférico; he sido un buda siniestro de ego, el semen derramado por el espíritu santo para engendrar el absurdo, la fe del salvaje en el tótem de la salvación y la ebriedad de Don Goyo; he sido Van Gogh y Van Damme, Bob Dylan y Zarathustra, Nietzsche y Doña Furiosa, la dueña de la abarrotera; he sido las partículas suspendidas de las megalópolis, la purulenta espinilla de la quinceañera y el cantante de Eskorbuto; he sido la aguja en el pajar, las treinta monedas de plata de la nómina institucional y el insistente pensamiento de una mujer de vestido amarillo…

He sido eterno amor y he sido profundo odio… Me despierto. No soy un monstruo. No hay monstruos, sólo humanos. Sigo siendo yo. Y todo. Y todos. Y Pessoa: “Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”.


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