La sinfonía de Caronte: Orquesta bélica

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Por Calixto Gama
Ilustración: Arkano César


El pavimento de los muertos. Arkano César
El pavimento de los muertos. Arkano César

I

Una figura se adentra entre árboles, corre con desesperación, por fin ha divisado algo que por docenas de semanas ha buscado. Hay un instrumento colgando de su espalda, se mueve violentamente. La única prenda que viste es pantalón rasgado, su cuerpo está completamente cubierto en vendajes improvisados, no deja ver ni su rostro, pero sí las numerosas manchas de sangre que hace un tiempo perdieron sus tonos rojizos y fueron remplazados por tonos difuminados de marrón. Los vendajes se rompen en las palmas de sus manos mientras se abre paso entre matorrales hasta llegar a un claro, donde una cabaña abandonada descansa inerte.

Se anima a poner un pie delante de otro, la cabaña tiene tres pequeños escalones, está un poco separada del suelo. Se nota que la madera ha sido cambiada ya algunas veces, el viento es fuerte y derriba ciertos ornamentos como vasijas encima de otros que ya habían caído previamente. Con un pie toca la madera del primer escalón para apoyarse, éste rechina tras ello. Continúa hasta estar frente a la vieja y desgastada puerta de madera. Se toma un momento para contemplarla y exhala lentamente…

Lleva ambas manos hacia su cara para quitar los vendajes. El tejado de aquella pequeña terraza, sostenido por unos debilitados postes del mismo material que el resto del lugar, cruje fuertemente por una repentina ráfaga de viento y se derrumba sobre él. Levanta el brazo izquierdo y el peso entero se detiene sobre éste, el tejado se quiebra en dos; aprieta los dientes, pues siente el impacto, pero su cuerpo resiste. Coloca ahora ambas manos sobre las dos partes y las empuja con fuerza. Logra alejarlas varios metros.

Sus manos quedaron al descubierto, son blancas, delgadas y extremadamente frías. Observó con frialdad las pequeñas heridas que había en ellas y el dolor al que tanto teme se hizo presente, pues todas ellas se cierran y sanan en un parpadeo. No se siente nada bien. Se quita inmediatamente los vendajes del rostro... él no puede verlo, tampoco se percata del tiempo que ha pasado. Aquellas contusiones en el rostro que había cubierto en el pasado, ya se han desvanecido.

Empuja la puerta. A pesar de que ya nada es igual, la visión delante suyo le trae recuerdos. Cavila sobre los pasos que alguna vez dio en esos pasillos y quizá no todas, pero un gran número de historias de aquel lugar revolotearon en sus pensamientos. Sin duda, Caronte había encontrado su hogar.
Quedan pocas pertenencias en buen estado, hay polvo en los muebles y maleza por donde mirase. Avanza dentro del lugar y observa hacia ambos lados llenándose más y más de memorias. Coloca el violín en una pequeña mesa de madera a su izquierda y el arco en una de las sillas a su derecha.

—Padre... Madre… He vuelto a casa.

Al decir esto escucha un estruendo que sale de una de las habitaciones, la de su padre. Levanta los brazos y tal como si los llamase, ambos instrumentos van rápidamente a sus manos. Su respiración se agita mientras escucha los pasos acercarse. No puede evitar recordar lo que los hombres del ya muerto rey Oberyn le hicieron pasar. La figura se muestra ante sus ojos y para su sorpresa, tan solo es un joven ciervo que está en busca de pasto dentro del lugar. Caronte suelta un gran suspiro, observa al animal a los ojos y le dice: —Largo de aquí.

El animal intenta con dificultad saltar por una de las ventanas y derriba algunas tablas antes de conseguir salir. El muchacho entra a la habitación de su padre, ya no queda ninguna pintura de su rostro. "Ladrones quizá" dice para sí mismo. Se sienta a la orilla de la cama y mira las tablas del suelo justo debajo de él.

—Espero que sigas ahí, al menos tú.

El joven da unos leves golpes a las tablas con sus nudillos, y una de ellas suena diferente. La retira cuidadosamente, y de adentro saca una caja de madera, la coloca en sus piernas y quita la tapa con prisa.

Aquí estás.

Un hermoso violín color bermellón con la inscripción "La Follia" en la base, y al reverso una inscripción que reza:

[...Allá donde la alfombra verde brilla bajo el sol,
allá donde las flores danzan con el viento.
Allá donde las hojas muertas pintan el suelo,
allá donde la fría manta blanca abraza las colinas...]

Se pone de pie y sale de la habitación para luego sentarse en una de las sillas del comedor. Es medio día, pero Caronte decide dormir un rato. Es todo lo que puede hacer desde que es portador de esas manos, cualquier comida o bebida que intente ingerir la percibe como simple arena en su boca.

II

Al otro lado de las montañas estériles, sin una señal de vegetación o algún mísero arroyo, dos jinetes cabalgan atravesando las ruinas de una antigua villa que había sido arrasada por una ya concluida tormenta de fuego, flechas y espadas. Se dirigen a cierto lugar…

—¡¿Ves eso a lo lejos?! —pregunta el hombre que lleva más ventaja
—Parece un jinete que viene en esta dirección, y no lo hace precisamente despacio —replicó avivadamente el que iba unos metros atrás.
—Maldita sea, ¿cómo carajo sabemos si es aliado o enemigo?

Su compañero no contestó, se limitó a frenar su caballo y ágilmente empuñar arco y flecha en sus manos, amenazando al jinete que avanza sin detenerse hacia ellos. Tras exhalar, deja la flecha escapar; su compañero detiene ahora su corcel. La flecha viaja directo al pecho del jinete, pero al soltar un puñetazo la intercepta con un pequeño escudo de madera atado a su muñeca izquierda.

—Ese escudo… —baja de su caballo gris pálido, coloca el arco al costado de la silla de montar y descubre su rostro. Es una mujer de unos cuarenta años, en algún momento de su juventud perdió el ojo izquierdo, “su ojo malo” dice ella cuando se habla del tema; la mayoría de sus cabellos son pelirrojos, otros han perdido esa tonalidad para parecer más rubios y el resto son canas.
—Es aliado… ¿verdad, Meya? —pregunta el otro jinete al verla descubrir su rostro.
—Es Kioz —contesta sin dejar de ver al jinete delante.
—Saca tu espada y no la envaines hasta que nos explique qué carajos pasó en el salón Abbaddon.

Unos diez metros antes de llegar a ella, tira de las riendas para detenerse. Descubre su rostro.

—¡Meya, Ringo! ¡¿Ya ha pasado por aquí?! —les grita Kioz frenéticamente.
—¿¡De quién demonios hablas, Kioz?! Estás encima de los restos de la masacre de la mitad de nuestro ejército a manos de un puñado de espadachines —Meya escupió la respuesta con molestia y continuó—. Tú deberías explicar en este puto momento, ¡¿qué demonios pasó en la capital, y por qué Oberyn nunca mandó a su apreciado ejército rojo?!
—El cerdo del rey y sus legionarios están muertos.
—Imposible... ¿Todos en una noche? —rebatió Meya.
—La historia que les contaré, pueden creerla o no... Pero al final, sin importar qué decidan hacer conmigo, ¡lleven a todos los civiles sobrevivientes a las montañas bajas! —Meya suspira…
—Kioz, ustedes eran los sobrevivientes.


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