Una historia perdida

Gaceta: 

Categoría: 

Por: Nayely M. Pinzón
Ilustración: Trafalgar E.


Sin título. Trafalgar E.
Sin título. Trafalgar E.

El fastidio corría por sus venas, y su enojo había crecido hasta compararse con la furia de una salvaje ola. Su pequeño y aventurado viaje se había ido a la ruina, había trabajado en vano para nada, y toda su inversión en aquella travesía a bordo del Cazador de la Muerte se había ido hasta el fondo del océano.

En aquel momento, el joven marino se encontraba demasiado furioso con su suerte como para caer en la cuenta de que en aquella isla desierta su vida corría peligro.

—Malditos piratas —masculló, y no dejaba de repetir una y otra vez esa frase en su mente.

Esos lobos de mar habían tenido la ocurrencia de arrojarlo por la borda un par de horas atrás, y a duras penas había conseguido llegar, medio ahogado, hasta la orilla de la isla.

—Te está bien empleado —musitó después, recordando cuan iluso había sido al pensar que su primera travesía en compañía de desconocidos sería como remontar el mar con suaves olas…qué tonto. Eso solo sucedía en las historias de fantasía, y en aquella cruda realidad que era su historia, le había tocado ser el desventurado marinero en una isla desierta.

Así pues, el joven marino caminaba de un lado a otro de la playa, como fiera enjaulada, y de vez en cuando maldecía a las olas, pero no fue hasta que escuchó murmullos provenientes del océano, y vio figuras espectrales levitar sobre las olas, cuando el pánico lo atenazó y se quedó muy quieto.

Si las leyendas eran reales, aquellas eran los espectros del océano, mismas que susurraban historias fantásticas a cualquier naufrago solitario que se encontrara a la orilla del mar, embelesándolos y arrastrándolos hasta las profundidades, hacia una muerte segura. Por un momento el marino dudó, pero luego las voces le provocaron tal escalofrío que estuvo seguro de que había algo de maldito en ello, y entonces se alejó hacia el centro de la isla, ahí donde una jungla lóbrega parecía más atractiva que un mar salvaje y encantado.

Le bastó una hora para percatarse que, cual fuera el caso, estaba condenado a morir ahí, joven, demasiado valiente y otro tanto de desventurado, puesto que no encontró ni agua ni provisiones. Le hubiera gustado gritar por auxilio, pero, ¿quién iba a escucharle? En voz muy baja, pidió ayuda a la nada, pero solo obtuvo por respuesta el brillo de rutilantes y lejanas estrellas.
Entonces caminó sin rumbo, esperando toparse por casualidad con un milagro que hiciera girar su suerte, pero tan solo encontró un viejo sentado en la playa, mirando al mar, con las ropas llenas de ramitas y arena, y el cuerpo muy quieto, enraizado a las plantas trepadoras y a las rocas, tanto que parecía de piedra. En cuanto al joven marino, se acercó con cautela y preguntó, apenas con voz.

—¿Quién eres?

El hombre de piedra pareció despertar de un letargo, el cual le hizo parecer el humano que en realidad era, le dedicó una mirada intensa y respondió con voz grave, semejante al retumbar de olas lejanas.

—Soy el que espera un giro de su suerte; que un barco me lleve de vuelta al mar.

Luego, el viejo volvió a tener el mismo aspecto de piedra, y miró al mar, impasible. El joven se estremeció al comprender en qué tipo de lugar había ido a caer, y se alejó a prisa, como si con ello pudiera evadirse de correr la misma suerte. Definitivamente aquella isla estaba maldita.

Para colmo de males, comenzó a llover con fuerza, y cabe señalar que una tormenta en aquellos parajes a mar abierto suele ser virulenta, tanto que las gotas de lluvia eran como diamantes helados cayendo del cielo, y con cada trueno parecía que la pequeña isla fuera a partirse en dos. Cuando paró de llover, el mar estaba encrespado y gris, y el cielo seguía siendo amenazante. El joven no tuvo más remedio que sentarse en la arena a esperar a que todos los elementos se apaciguaran, mientras pensaba cómo no acabar como el hombre de piedra.

Al fin, un detalle amistoso figuró a escasos cien metros, caminando sobre la playa. Era el perro del capitán, que debía haber sobrevivido a un atraco de otro barco pirata, porque parecía recién salido de una batalla, y pareció muy contento de encontrarse con un humano.

De manera que, de haberme quedado, hubiera muerto en el ataque, pensó el joven, y sin embargo el encontrarse en aquella isla no mejoraba su suerte.

Aquella noche hizo frío, y el viento sopló inclemente hasta muy entrada la madrugada. De no haber sido por la compañía de Lowy, el perro, el desasosiego hubiera anidado en él, pero por la mañana, con ánimo renovados, encontraron una brecha de agua limpia y unos pocos frutos. Desde luego, el más animoso de los dos era el perro, indolente al peligro que corrían, de manera que se dedicó a corretear por la playa, ladrarle a las olas, y de pronto, olfateó algo y salió disparado hacia el interior de la isla. El joven no tenía nada más que hacer y Lowy le agradaba, de manera que lo siguió de prisa.

Hasta ese entonces, tuvieron un golpe de suerte, porque el buen Lowy encontró una canoa y un par de remos en perfecto estado, escondidos en una cueva de roca. Lowy ladró con entusiasmo, y el joven marino no se hizo del rogar para llevar esa canoa hasta el mar. Naturalmente, llevó al perro consigo.

Claro que no tenían a la mano cartas de navegación ni una mísera brújula, pero el joven confiaba que por la noche las estrellas lo guiarían hacia tierra firme.
Durante las primeras horas el mar estuvo en calma y una brisa fresca soplaba desde el este, pero a medida que avanzaba el día el cielo se volvió plomizo, y un viento de mal auspicio comenzó a arrastrarlos hacia una tormenta.

El propio Lowy gimió, se removió nervioso en la canoa y fue a echarse a los pies del joven marino, que miraba impasible los nubarrones gruesos arremolinarse a su alrededor. Si debía de morir, mejor que fuera en alta mar, que era su deleite.

Fue así como antes de ponerse el sol fueron sorprendidos por una tormenta fatal, que sacudió la canoa durante horas y horas y finalmente, los hizo volcar, y se hubieran ahogado de no ser porque de nuevo el destino los favoreció para ir a parar a un lugar extraño, aunque el joven no supo exactamente cómo.

Era un mundo submarino, encerrado en una burbuja de aire que se extendía por kilómetros y kilómetros hasta donde le alcanzaba la vista, y la vegetación era tan pletórica como una jungla. Por las leyendas que había escuchado, el joven supuso que se trataba del mundo perdido de Peirga, pero además del nombre, no sabía nada más.

Lowy olfateó a su alrededor y movió el rabo, como prueba de que por el momento ningún peligro acechaba. El joven lo miró por un par de segundos, y luego miró hacia arriba, donde los peces nadaban a sus anchas, y más allá, el mundo de la superficie se figuraba como el hogar al que quería volver. Si salía de la burbuja, no estaría muy lejos de la costa, que había visto antes de que naufragaran, y además, hubiera sido demasiado irónico haberse alejado de una isla peligrosa para adentrarse en otra. ¿Qué no su objetivo era volver a su antigua vida de marinero?

Sin embargo, una punzada de curiosidad le hizo volver los ojos hacia la isla.
—Supongo que echar un vistazo por aquí no nos haría mal—le dijo a Lowy al fin, que respondió con un ladrido de entusiasmo.

Peirga resultó ser una isla peligrosa pero fascinante, llena de peculiaridades y criaturas que fueron descritas en una muy, muy larga historia, la cual fue escrita y enterrada en una de las playas de la bahía, en un cofre que la protegería del paso del tiempo. Nadie sabe con precisión por qué esta irónica historia fue guardada con tal celo bajo la arena, y nadie lo sabrá a menos que escarbemos para encontrarla. Es una suerte que me haya tomado la libertad de encontrar el mapa.


Tags: