El dolor

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Por Ulises García
Ilustración: Naomi Quino


Genealogía dudosa. Naomi Quino
Genealogía dudosa. Naomi Quino

Natural, amorfo, confuso, infortunado, necesario, imprudente, hostigoso, lábil, virtuoso, profético, enriquecedor, destructor, tirano y servidor.

La maldición del privilegiado o el privilegio del maldito, de cualquier modo, el dolor es emisario de la verdad que, puede o no, ser privilegiada o maldita.
Presagio de la incomodidad lastimosa. El dolor es el afrontamiento con la temporalidad, lo que puede o no, ser la última palabra, condición o sensación en la vida de alguien o quizás, lo último antes de dar lugar a una nueva vida.

El dolor, como todo o casi todo, es interpretativo, de un sinfín de circunstancias puede provenir y hacia una infinidad de probabilidades puede dirigirse. Según su procedencia, trayecto y destino, se le otorga un nombre, un tipo y una serie de peculiaridades; magnitud, alcance y un umbral de lo que posiblemente sea una sensación, un sentimiento o una manifestación de lo que se interpreta como “alerta”.

Por todo, el dolor y su interpretación son inevitables a lo largo de la estancia de un ser capaz de sentirle en este universo; es una cualidad, incluso, bajo control y dosificado. El dolor es el mejor maestro para algunos, se aprende a lidiar con la impotencia, la frustración, la prisión corporal; se asimila la flacidez de la resistencia humana, fuerza la máquina y la estabilidad emocional; hace llorar la carne con lágrimas escarlata, hace gritar los huesos en frecuencia de crujidos. El dolor desvela los secretos de las profundidades, intenta ahogar hasta al más noble, propicia crisis de todo tipo y cuando ha determinado un fondo, cambia de opinión y prolonga la profundidad hasta que sea casi imposible volver de ahí… sin más, depende del alumno, carente de luminosidad en las profundidades, hacerse con la vesania del guerrero , tragar agua y entre interacciones fundamentales fuera del entendimiento, flotar y contra todo pronóstico, nadar y dejar en el abismo lo que pertenece al abismo, emerger y con fuerza, hollar la superficie, volver y otear hacia el horizonte y con el viento en la espalda y las profundidades en el núcleo, dedicarse a afrontar los demonios de un alma adolorida, despojando la belleza de la vida para trasladarla y reflejarla en palabras y actos.

Orgullo y vergüenza. Resiliencia y pena. Exceso y capricho. Sabiduría e ingenuidad. El dolor es la confirmación de que algo se ha transformado o se está transformando, de piel a herida y herida a cicatriz, de apego a duelo, de posesión a carencia, de mortal a mártir, de cría a progenitor, de inerte a viviente.

Quizás no sólo el parir duela, sino también el nacer, y la madre, en el amor que le consume, comparte, apropia y soporta el dolor de su bebé por haber nacido. En el parto, la persona que recibe la nueva vida y le acoge, espera el llanto y lo provoca tanto como lo espera escuchar la humanidad entera, las lágrimas del cambio y el grito desesperado que confirma la existencia, lo que dejó atrás, de no ser para ser carne y hueso, la transformación y la vida que, por naturaleza, nacimiento y desarrollo, estará alineada con el dolor.

Claro que el paralelismo entre la vida y el dolor es parte de lo inevitable, pero no todo en la vida es dolor. El crecimiento alcanzado tras la experiencia dolorosa es lo que permite experimentar las cosas más simples, genuinas y maravillosas en el mundo sin permitir que las adversidades se interpongan, se aprende a valorar lo más ínfimo como un detalle valioso y apreciar las excentricidades de la realidad como algo único.

Se crece y en los momentos importantes de nuestra vida, ya sea en su surgimiento o en su terminación, el dolor está presente para recordarnos que no hay por qué rendirse cuando se puede aprender, que no hay por qué lamentarse cuando se puede pisar fuerte en el mundo y ser feliz, y que no hay por qué arrepentirse de nada cuando aún hay mucho dolor por superar y mucha vida por vivir.


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