No Quiero Hacerte el Amor

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Por Cynthia Rodríguez
Ilustración: Nicté Escalante


No. Nicté Escalante
No. Nicté Escalante

Caminas hacia el pequeño librero en el que se encuentran aquellos a los que llamas tus mejores amigos, te sigo con la mirada embelesada; parte de mí no puede creer lo que pasa, nunca en mis sueños más dulces o mis pesadillas más aterradoras lo hubiera imaginado.
A veces, solo a veces, creo comprender tu pasión por las letras, esas fantasías que nacen a partir de las palabras de tus autores favoritos, pero no profundizo mucho en ello, pues eres un enigma que no pretendo descifrar, la intriga forma parte del encanto.
Camino hacia ti mientras describes los libros uno a uno, veo como sonríes al tocarlos, envuelta en el recuerdo de lo que en ellos está escrito, y sonrío contigo. Me coloco detrás de ti, mirando sobre tu hombro, y respiro la fragancia que de ti se desprende; ese aroma intoxicante que fácilmente puede hacer que pierda la cabeza… y me digo “no quiero hacerte el amor”.
No soy ingenua, sé lo que va a pasar, lo sabía aún antes de llegar aquí; ha pasado varias veces. Hasta hoy había perdido el tiempo preguntándome por qué, llenando mi mente con delirios que respondían a mis deseos, pues la voz de mi cabeza siempre me decía lo que yo quería escuchar, y torturándome con la realidad que me gritaba lo contrario.
Aprendí, después de romperme el corazón una y otra vez, que en realidad tus deseos nacieron de una necesidad carnal y, probablemente, de un vacío emocional producto del cambio estrepitoso en tu vida, que yo solo formo parte de un juego narcisista alimentado por la certeza de que me gustas y que se plaga de culpas cuando recuerdas, en la sobriedad de las mañanas, que después de todo me aprecias.
Acepté las reglas sin esperanza de nada, sé que es probable que no sepas lo que quieres, pero también sé que tienes perfectamente claro lo que no. Acepté las reglas por la misma razón que caí en el juego: me gustas, me has gustado desde el día cero, desde el primer momento que te vi, así que decidí aprovechar la situación, embriagarme contigo mientras pudiera y llenar mi alma de recuerdos, fantasmas que me acosen y me regocijen al mismo tiempo, y me repito “no quiero hacerte el amor… vamos a usarnos mutuamente”.
Me resisto a tocarte por el momento, simplemente admiro tus facciones mientras piensas en qué más mostrarme, miro tus manos recorrer de un lado a otro los títulos de cada anaquel, ver tus uñas rojas en el lomo de cada libro me recuerda la sensación de tu piel, me estremezco pues casi puedo sentir la suavidad y el frío de tus manos.
De pronto, tomas rápidamente uno y volteas hacia mí, tus dedos separan las hojas y dices “es el cuento que escribí”. Trato de tomar el libro, pero tú lo sacas de mi alcance con una mirada entre picara y penosa. Sé que no te gusta que te lean, y que probablemente no harás una excepción conmigo, pero antes de que pueda decir nada te ofreces a leerlo para mí.
Una vez sentadas, te escucho atentamente, me dejo envolver por tus palabras; tu voz es casi una melodía de tonos graves que encanta mi mano y la acerca a tu cara. No puedo evitarlo más, debo tocarte, así que suavemente hago tu largo cabello negro para atrás, mientras rozo tu oreja y tu cuello. Sé que te gusta. Cuando terminas de leer, me miras a los ojos y siento que acabamos de compartir un momento íntimo, recorro con la mirada tu cara, desde tus ojos hasta tus labios, tratando de memorizar cada facción, casi contando cada peca...
Aunque el sonido de la música está presente, el silencio reina entre nosotras, veo en tus ojos la lujuria y la anticipación del momento. ¿Me desafías a resistirme? No sé ni me importa, porque el resultado será el mismo: me embriagaré de tu cuerpo mientras pueda. Así, mientras tú pretendes que no tienes idea de lo que siento, yo puedo imaginar que te aborrezco. Puedo creer que lo que está pasando es producto de una mezcla entre deseo y rencor... entre pasión y odio... Mientras me repito de vez en vez que no quiero hacerte el amor...


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