Desconectados

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Por Daniela Ruelas
Ilustración: Naomi Quino


Título desconocido. Naomi Quino
Título desconocido. Naomi Quino

¡Ábreme María! —se oye un golpe en la puerta— María… ¡Ábreme! —María abre la puerta. El cabello desacomodado. El mandil chueco. Tropieza con sus agujetas.
—Juan, pero ¿qué pasó? —María acomoda su cabello. Se ve preocupada. Juan entra a la casa, hace a un lado a María.
—¿Tienes señal? —agita el celular en el aire. María toca el timbre de su propia casa. Suena con total claridad.
—¿Por qué no usaste el timbre? —el repiqueteo de la campana suena en el recibidor. Ding, dong—. El timbre funciona… —María vuelve a tocar el timbre. Ding, dong.
—¿Tienes señal? —Juan agita el celular en la cara de María. Ella saca su celular de la bolsa del mandil y comienza a comprender la agitación de Juan.
—No —tartamudea.
Juan comienza a recorrer el largo de la sala con pasos amplios y acompasados. Pensando. Pensando. Pensando. María se sienta en uno de los sillones y comienza a sentir en la boca del estómago el alfiler de un sentimiento desconocido y desconcertante.
—¿Cuánto tiempo tienes sin señal? —pregunta María, cuya voz todavía mantiene su firmeza.
—Veinte minutos —contesta su esposo con total seguridad.
—¿pero qué vamos a hacer…?
—¿Y los niños? —María respira profundamente.
—Arriba.
–Llámales –indica Juan–. En estos momentos, hay que estar juntos como familia.
María toma su celular automáticamente y escribe un mensaje de texto. No hay barras en lo alto de la pantalla. La familia ya no está sujeta a la tecnología. Tendrán que interactuar.
—Dios mío, ¿qué nos va a pasar? —piensa María en voz alta.
Podrían hacer cualquier cosa. Podrían actuar como quisieran sin que nadie lo filtrara en línea. Podrían pasar desapercibidos, sin que los localizaran, por un periodo de tiempo indefinido.
María intenta no acercarse al pánico, pero comienza a sentir un sudor frío que le recorre la espalda. ¿Qué iba a ser de sus hijos?
—No te preocupes… Voy por ellos —Juan se levanta y aprieta el celular en su mano, sabiendo que no lo puede usar. Duda un poco sobre el plan de acción. En cada paso hesita. Sube tres escalones y grita para que los niños escuchen: —¡Chuy!, ¡Santiago!
Sabe que debe mantener la calma por el bien de todos, pero no puede evitar correr nuevamente hacia su esposa. Se sienta a su lado y se toman de las manos. Ambos sostienen la respiración exactamente sesenta segundos antes de que se escuchen ruidos del piso de arriba. A los dos minutos, bajan Chuy y Santiago. Confundidos.
—Siéntense niños. Su madre y yo… queremos hablarles de algo —la garganta de María carraspea antes de poder hablar con algo de serenidad.
—¿Han notado… han notado algo raro con sus actividades diarias? ¿Algo diferente en su día?
Chuy y Santiago voltean a verse desconcertados, preguntándose qué podría ser. Ambos checan la batería del celular. No se les ocurre mirar el lugar vacío del ícono de barras. María se lleva la mano a la boca, temerosa. Al fin, Chuy habla. No lo había considerado importante; sin embargo, ahora parecía inminente.
—Nadie ha reaccionado a mi foto de perfil… —casi por instinto, Chuy desbloquea su celular.
—Hijo, espera —Juan comienza a evaluar y tomar control de la situación. Alguien debía mantener la calma. Crear un plan de acción—. Guarda tu batería —dice con firmeza—. Todos guarden su batería. No desbloqueen hasta ver las barras.
Chuy y Santiago se abrazan. Ellos ya no tienen memoria de los días sin dispositivos. De repente, su escucha un sonido alarmante. Un repiqueteo ruidoso, firme, constante.
Ring, ring. Riiiiiing, riiiing.
—¿Qué es eso mamá? —asustado, Santiago corre a los brazos
de María.
—¿De dónde viene ese ruido?
—¡El teléfono! ¡El teléfono de la casa! Todos busquen. Es negro. Con botones.
El ruido no cesa. Santiago comienza a llorar. Todos están a gatas, buscando la fuente del ruido desconocido.
—¡Lo encontré! —María da el teléfono a Juan. Está muy nerviosa para contestar.
—No sé quién podría ser... —confiesa Juan con nervios.
—Pero, ¿cómo? Papá… ¿cómo no puedes saber? ¿Por qué no aparece una fotografía con nombre?
Juan hurga en su memoria y llega a la alarmante verdad: —Nunca registramos número alguno.
Juan presiona el botón indicado.
—¿…Bueno…? ¿Mateo? ¿Mateo, eres tú? ¡Mateo! ¡Es Mateo! Sí, ya sé. No sé. Hay luz, sí. ¿Todos están bien? ¿Hay heridos? Tenemos que reunirnos. No podemos ir. Santiago está muy mal. Es sólo un niño… Bien… Sí… ¿Y mi mamá? ¡Por Dios, Mateo, piensa en tu familia! Tráela aquí. No podemos dejar que deambulen solos sin celular. Sí. Trae la comida que tengas. Sí. Muy bien…
Juan presiona el botón de apagado. Reúne a su familia. No recordaba la última vez que se habían mirado todos a la cara al mismo tiempo, sin el filtro de una pantalla.
—Era Mateo. Ellos tampoco tienen señal. Dicen que desde hace media hora. Les dije que se vinieran hasta que pasara el desastre. Traen provisiones. El problema es mi mamá. Sin señal… no podemos contactarla. Tenemos que buscar el teléfono de su casa. En el directorio. Es uno grande y amarillo. No estoy del todo seguro, pero creo que su nombre completo es Refugio Maza de León —las manos de Juan tiemblan un poco.
Chuy formula la pregunta que todos piensan:
—¿Y si no está en su casa? ¿Y si no encuentra el teléfono?
—Calma, hijo. Todavía no llegamos a eso. El directorio está en nuestro cuarto —Chuy sube a buscar el directorio y Juan lleva a María a la cocina.
—María, debo decirte algo. Prométeme que mantendrás la calma. Por el bien de los niños. María toma un vaso de agua. Se seca el sudor de la frente.
—¿Qué sucede?
—Mateo me dijo… Mateo me confirmó… —Juan sostiene en sus brazos los hombros de María, en caso de que ella llegue a desfallecer —María, tampoco funciona el GPS, el bluetooth, ni el internet inalámbrico —María aguanta el llanto, apenas.
—¿Cuándo se acabará esto? ¿Cuándo Juan?
Chuy entra en la cocina. Sus padres interrumpen la conversación. Buscan el nombre de Refugio Maza de León. El directorio no tiene barra de búsqueda. Son puras hojas de papel. Valerosamente, Juan logra realizar la llamada y le informa a su madre que Mateo está a punto de pasar por ella. Deben reunirse todos hasta que pase el desastre, es importante que traigan agua y alimentos no perecederos.
Listo. Todo lo que queda es esperar. No saben qué hacer con sus manos. A veces los pulgares se deslizan sobre las pantallas bloqueadas como por inercia.
Llega Mateo con su familia y su madre. La esposa de Mateo, Magdalena, hace que todos se tomen de las manos.
—Vamos a orar para que pase la tempestad.
Los niños más chicos nunca habían rezado sin la ayuda de una aplicación. Tras la oración, todos se sientan callados. Miran sus celulares cada diez segundos. Han pasado cincuenta minutos. La hija de Mateo, Dalila, pregunta con lágrimas en sus ojos:
—¿Y ahora…?
La abuelita Refugio se para y hace que todos depositen el celular en su bolsa. Hay reproche. Hay reclamos. De rodillas, Dalila ruega que no, por favor; pero la abuelita Refugio es la única que conoce cómo era antes, es la única que sabría qué hacer, cómo usar el teléfono de casa, cómo escribir sin corrector automático, cómo sumar con papel y lápiz, cómo llegar a la tienda de la esquina sin la ayuda de una voz computarizada.
Ella se para con solemnidad en medio de la sala, con la bolsa llena de celulares. No hay temblor en su voz ni duda en sus palabras. Ella es la única que conoce cómo era antes.
—En mis tiempos —anuncia—, la gente se veía a la cara y platicaba.


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